Sin lugar a dudas, el misionero más dedicado a la obra de la distribución de la Escritura en este período fue James (Diego) Thomson. Viajó por iniciativa propia a América Latina para promover el método lancasteriano de educación, usando la Biblia como texto principal. Desde 1818, estableció escuelas y distribuyó la palabra de Dios en Argentina, Uruguay, Chile y Perú, antes de servir como agente de la SBBE en Ecuador, México, el Caribe y la América Británica (Canadá). Por pedido suyo recibió de la Sociedad Bíblica Americana (SBA) quinientos dólares para traducir la Biblia al quechua.
Distribuyó ejemplares de la Biblia durante sus últimos años en Francia, Portugal y España (1854). La SBBE aceptó con entusiasmo la colaboración de la SBA en América Latina. Aunque los envíos fueron ocasionales y por pedidos particulares, muchos llegaron en fecha temprana. En el año 1826, por ejemplo, se enviaron Biblias. La SBA mandó representantes para estudiar el área a fin de ver cómo sería posible mejorar el sistema de distribución. En este período buena parte de la oposición católica se redujo gracias al uso de la versión católica del Padre Scío.
Ya en 1822 la SBA había conseguido de la SBBE los clisés de esta versión, con los que imprimió veinte mil ejemplares de la Biblia antes de decidir no usarlos más. Debido a que hay copias de esta versión que no tienen los libros apócrifos, parece que, después de eliminarlos en 1828, la SBA siguió empleando los clisés hasta 1841 cuando la junta directiva decidió no usar más esa versión.
Es significativo que durante esta etapa inicial los registros de la SBBE muestran que la obra de la distribución bíblica empezó en quince países de América Latina y del Caribe, mientras que la SBA enviaba ejemplares de las Escrituras a diez países de la misma región. Fue una época propicia para esta misión. Por supuesto, y esto produjo una fuerte reacción en la jerarquía romana y en la censura. La filosofía política liberal creó una actitud receptiva de parte de los nuevos gobernantes, así como el uso de la versión católica de la Biblia fomentó la receptividad de parte de la élite de los pueblos. Los evangélicos esperaban una pronta reforma de la sociedad y de la gente por la lectura de las Escrituras. Pero el optimismo resultó prematuro.
Oposición (1830-1860)
La reacción conservadora de muchos de los criollos y de las autoridades eclesiásticas empezó a cobrar fuerza en gran parte de la América Latina. El papa en Roma reconoció que la época de la dominación española había llegado a su fin y comenzó a preocuparse por el nombramiento de los obispos. Ya había pasado la época en que un Diego Thomson pudo ser ciudadano honorario, como ocurrió en la Argentina y en Chile. En 1827, Thomson viajó a México, donde al principio tuvo cierto éxito en su tarea, pero hacia 1830, debido a una fuerte hostilidad clerical seguida de revoluciones políticas, dejó los ejemplares de la Biblia que le quedaban en manos de un amigo y se fue. Cuando volvió en 1842, encontró la misma hostilidad.
Un lugar donde se recibió bien a los distribuidores de las Escrituras fue el Caribe. Allí, muchas de las islas habían caído bajo la dominación protestante. No sorprende, entonces, que Thomson, al salir de México, trabajara siete años en esta región. Fundó muchas asociaciones negras para la distribución de la Biblia, incluso en
Venezuela. Con el presidente de Haití facilitó la distribución entre las tropas negras y en las escuelas. Su presencia en la celebración de la emancipación de los negros, el 1 de agosto de 1834 en Jamaica, fue muy apropiada, porque entre los fundadores de la SBBE hubo grandes luchadores contra la esclavitud, tales como William Wilberforce y Granville Sharp.
La SBBE creó un fondo especial para proveer un ejemplar de la Biblia a cada esclavo emancipado “para ayudar a consolarlo por los agravios que había sufrido”. En la Navidad de aquel año se enviaron más de cien mil ejemplares del Nuevo Testamento y los Salmos con este propósito. Entre 1830 y 1837 se repartió un total de sesenta mil ejemplares de la Biblia y del Nuevo Testamento.
A pesar de la creciente oposición católica en ciertas islas durante la década del cuarenta, nuevos agentes como Joseph Wheeler (1835) y McMurray (1842) establecieron tres depósitos: Jamaica, Barbados y Antigua. Además del envío especial para los negros emancipados, entre 1834 y 1854 se remitieron a las Indias Occidentales 180.000 ejemplares del texto sagrado. Durante el mismo período, con la ayuda de voluntarios, se llevaron a América del Sur y América Central casi
21.000 ejemplares de las Escrituras en castellano, portugués, alemán, italiano y francés.
El envío de un agente que la SBA mandó a Haití en 1850 trajo como consecuencia una mejoría temporal, pero luego acarreó un aumento de la hostilidad, lo que obligó a que el agente saliera del país. Las tentativas de la SBA en México no fueron más exitosas. Debido a la guerra, entre 1846 y 1848 hubo una gran demanda de la Biblia para los soldados y los territorios anexados por los Estados Unidos.
Se enviaron muchos ejemplares en castellano con los soldados. En 1847, un agente de habla hispana, William Morris, ex-misionero en Buenos Aires, llevó miles de ejemplares de la Biblia y el Nuevo Testamento para distribuir.
Mientras estaban las tropas estadounidenses no hubo grandes problemas. Sin embargo, cuando desocuparon el país, se descubrió que los compatriotas de los conquistadores no eran bienvenidos, ni siquiera con la Biblia en las manos. La hostilidad hacia los representantes de las denominaciones e instituciones protestantes hizo imposible la continuación significativa de la obra.
Otro episodio que nos ayuda a comprender el espíritu de esta época tuvo lugar en julio de 1856, cuando la SBA envió como su representante a América Central a D. R. Wheeler, con sede en Nicaragua, justamente en tiempos del filibustero William Walker.
Después de unos tres meses, cuando Wheeler había viajado a Granada, llegaron las tropas para combatir a Walker. Estas exigieron que todo hombre sano se les uniera en el combate. Como Wheeler y otros dos estadounidenses se negaron, apelando a su neutralidad en el conflicto, fueron ejecutados. El espíritu contra los estadounidenses no permitió la continuación de la obra.
En Brasil, el ambiente era diferente. El emperador Pedro II (1840-1889) favoreció la distribución de las Escrituras. Dijo: “Amo la Biblia. La leo todos los días y cuanto más la leo, más la amo”.
Daniel F. Kidder llegó a Río de Janeiro en 1836 como representante de la SBA, junto con R. T. Spaulding hicieron una eficaz y vigorosa difusión de la Biblia. Les siguieron muchos otros agentes que trabajaron con denuedo, como puntas de lanza que abrieron el camino para la llegada de las denominaciones misioneras.
Sidney Rooy
Publicado en www.labibliaweb.com